El otro día estaba sentado en un bar, tomando algo con unos amigos, cuando apareció otra vez “el negro de las pelis“. Y no, no me refiero a Morgan Freeman, sino a otro pobre inmigrante que para ganarse la vida vende lo que sus jefes le ponen en las manos. El clásico top manta, pero en versión ambulante.
El caso es que tras el “no quiero nada, gracias” de rigor, siempre me viene a la cabeza la misma frase: ¿Quién coño compra esas películas? ¿Quién es tan tonto y está tan poco informado como para pagar por “eso”? No obstante, las dudas se disipan pronto cuando me doy cuenta de que el tonto soy yo, porque si existe una red de distribución articulada alrededor de estos materiales, es porque se venden como churros.










